martes, 13 de noviembre de 2012

LA HUELGA DEL MIEDO

 

Durante el periodo democrático se convocaron varias huelgas generales contra gobiernos tanto socialistas como conservadores, con diverso éxito. Pero en líneas generales se lo que dirimía en todas ellas era lo que coloquialmente podríamos definir como el reparto de la tarta. Se trataba de repartir que porción se llevaban las rentas del trabajo y del capital. En todo caso, el trozo de ambos cada vez era mayor, fruto de un entorno de crecimiento que nos dejaba una tarta cada vez más grande. Y así, poco a poco, adormecidos por este crecimiento, los trabajadores fuimos consintiendo pequeños retrocesos porcentuales que nominalmente pasaban desapercibidos.

Los sindicatos, desde el inicio de la Transición, aceptaron mantener un perfil bajo de conflictividad a fin de no estorbar la construcción democrática, lo que se agravó después del 23-F que cumplió perfectamente con su objetivo de amedrentar y dormir a la sociedad civil. Y así, aunque el motivo inicial era noble y hasta sacrificado, poco a poco fueron perdiendo prestigio a los ojos de los trabajadores. Disminuía la afiliación, y aunque a cambio el Estado les inyectaba subvenciones para mantenerlos vivos, eso llevó a una progresiva pérdida de afiliación y discurso propio.

En general los trabajadores y las clases medias encontraron cómodo permitir que una minoría de liberados y cuadros sindicales diese la cara en los conflictos,  mientras ellos se refugiaban cómodamente en sus trabajos, esperando que los piquetes cerrasen las puertas de los centros de trabajo y negocios, para marcharse felices a sus casas habiendo cobrado el día.

Esta lógica perversa de permitir que otros asuman nuestras responsabilidades sobrevivió con la conformidad más o menos tácita de todos los personajes y figurantes (sociedad civil, trabajadores, clase política, patronales, sindicatos) hasta que a finales de la primera década de este siglo nos encontramos con la madre de todas las crisis.

Por primera vez desde la quiebra del 29, y principalmente en el entorno de la Unión Europea, nos enfrentamos a la posibilidad de perder los soportes troncales de las sociedades en las que vivimos. La sanidad, la enseñanza y los servicios públicos así como las pensiones corren el riesgo cierto de ser barridos por la ola aparentemente imparable del movimiento neo-liberal que primero desencadenó una crisis originada por la avaricia desmedida de la oligarquías financieras y después con la complicidad de los políticos (conservadores y socialdemócratas) está laminando la sociedad del bienestar como nunca pensamos que podría suceder.

Y vivimos en el estupor de ver como la red de seguridad que pensábamos que estaba fuertemente enraizada en nuestro orgulloso primer mundo, se deshace en pedazos sin que nadie consiga articular una alternativa.

Si en otras Huelgas Generales se veía y sentía en la calle la comodidad de dejar que otros nos saquen las castañas del fuego, y después de trabajar acudíamos a la manifestación a calmar nuestra conciencia de clase, ahora es diferente. Por primera vez lo que siento alrededor de esta jornada de huelga es el cabreo general por la situación de desguace social que estamos viviendo, y el miedo, miedo real a las consecuencias de ir a la huelga, a perder el trabajo. Miedo del mundo que nos están prometiendo estos nuevos profetas de la miseria.

De cual de estas dos potentes fuerzas, el cabreo y el miedo, sea capaz de imponerse a la otra, va a depender en buena medida el futuro que les leguemos a las siguientes generaciones. Hasta la propia democracia empieza a correr peligro en nuestra deprimida Unión Europea.

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