domingo, 28 de febrero de 2010

MAÑANA (DE DOMINGO)

Como ya dije en otras ocasiones, los domingos por la mañana, a falta de peor cosa que hacer, corro una hora más o menos.

Esa hora en la que voy solo y sin que nadie me distraiga, la suelo dedicar a darle vueltas a las cosas que me pasaron durante la semana. Pero hoy, cuando subía hacia el Parque de Invierno vi a un antiguo vecino, hombre ya entrado en años y viudo. Me habían dicho que tenía una demencia senil y estaba ingresado en una Residencia.

Iba acompañado por una chica, una cuidadora aparentemente extranjera. Eran las nueve y media de la mañana. Me quedó grabada su expresión, triste y ausente.

Recordé a aquel hombre, veinte años atrás, trabajando todas las horas del mundo para sacar adelante a los tres hijos que tenía, siempre activo, siempre haciendo algo, siempre preocupado de su familia.

Cuando empecé a correr no podía quitarme de la cabeza a aquel hombre, viejo y atendido por extraños en sus último años.

Y me acordé de que tenía familia, hijos, nietos, que seguramente  estarían desayunando en sus casas tranquilamente, porque lo merecían, porque habrían tenido una semana de duro trabajo, de duro estudio y necesitarían quitarse las preocupaciones de encima.

Y sentí tristeza. Sentí tristeza por él, por su familia y por mí y la mía. Y por todos, porque esta es una miseria de la sociedad tan absurda que vivimos.

Lejos de mi condenar a nadie. Es difícil intentar sobrevivir en esta selva urbana, trabajar, pagar los recibos, el colegio, la luz y la hipoteca y además dedicar el fin de semana a cuidar a alguien, aunque sea tu padre, aunque sea tu abuelo.

Pero probablemente, esta sociedad culpable, a la que culpamos de nuestras propias miserias, está consiguiendo que estén ya más muertos los corazones de los  hijos y los nietos que los de los padres y abuelos.

Publicar un comentario

Noticias sobre Asturias de Europa Press