martes, 22 de abril de 2008

DIOS MIO, QUE SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS

De vez en cuando surge la obligación social de asistir a un funeral.

Una obligación que se cumple por deferencia tanto a los fallecidos como a los familiares y allegados.

Si la persona muerta no es alguien cercano o un familiar directo, no suele asaltarnos la melancolía ni teñirnos de dolor el espíritu. Incluso hace que nos sintamos mejor, por tener la sensación de haber realizado una obra buena.

Hoy, en uno de esos acontecimientos, no se por que, me acordé de un poema de Becquer. Os dejo una parte de la rima. Perdonar si no es muy alegre, pero a mi siempre me impresionó:

Parte de la RIMA LXXIII de Gustavo Ad0lfo Becquer



De la alta campana la lengua de hierro
le dio volteando su adiós lastimero.
El luto en las ropas, amigos y deudos
cruzaron en fila formando el cortejo.

Del último asilo, oscuro y estrecho,
abrió la piqueta el nicho a un extremo.
Allí la acostaron, tapiáronle luego,
y con un saludo despidióse el duelo.

La piqueta al hombro el sepulturero,
cantando entre dientes, se perdió a lo lejos.
La noche se entraba, el sol se había puesto:
perdido en las sombras yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Os dejo un enla a Wikipedia onde viene una información exhaustiva de la vida y obra de Becquer

Buenas noches...y buena suerte
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